LUNA DE ARIES (II)

Tú a cada instante.

Te cuelas entre mis ropas

buscando mi alma,

no conforme con el cuerpo,

anhelas mi mente.

Penetras todos los rincones

sin querer cansarte.

Y yo, me abrazo a ti, amándote,

pensando que eres el amor de mi vida,

la persona ideal con la que estar,

con quien quiero vivir,

y a su lado morir.

Triviales palabras de amor,

¿qué importa si son así?

Pues las tomas de mis labios

sin necesidad de que lo diga,

a veces, volviéndome loca con tus celos,

con cada una de tus inseguridades,

y aún así te amo,

y quiero estar a tu lado.

DESTINO

Los expertos en temas sobre extraterrestres hacían mesas redondas explicando a los televidentes que bien podría ser una visita pacífica la que teníamos frente a nosotros en el cielo, aunque no todos estaban convencidos de tal situación. Los anuncios de los presidentes de diversas naciones aparecían diciendo que se conservara la calma, dictando, en algunos casos, el toque de queda en los territorios nacionales. Las negras naves que ahora deambulaban por los cielos eran seguidas por aviones caza en caso de que fuera necesaria la destrucción de alguna de esas naves.

Él tomaba mi mano, apretándola en un gesto de que evitara preocuparme. Por supuesto que no lo haría. Mi madre había llegado, pero sabía que le gustaba hacer alarde de su llegada. De cuando en cuando volteaba a ver su perfil que parecía tan sumido en la preocupación. Era entonces cuando me acercaba a él y le daba un leve beso en la mejilla. No era posible explicarle lo que era aquélla nave en el cielo, mucho menos que esa nave se encontraba aquí por mí.

Acaricié su mejilla, pero no pude decir una sola palabra para tranquilizarlo. Él no tenía en su mente ninguno de los recuerdos de nuestras anteriores vidas en este mundo, y pese a que así fuera, él no había estado al principio de los tiempos, cuando mi peregrinar en este mundo había comenzado.

Dándole un último beso en la mejilla salí a la calle; observé aún a la muchedumbre en las calles, observando atentamente a la nave, rezando, llorando e incluso, retando a voz en grito una guerra contra los recién llegados.

Inicié mi camino con paso decidido hacia la nave, cuando sentí sobre mi hombro la mano pesada de él.

-Lo siento-, le dije en un susurro, -debo ir con mi madre-.

Él me miró asombrado pero ni siquiera le di oportunidad de hablar, cuando me levanté del suelo, sintiendo el aire a mi alrededor girar rápidamente.  Cerré los ojos hasta caer en un pesado estado de concentración y mi voz se escuchó como un estruendo.

<<Aquí estoy>>.

Fue mi mensaje a la nave de mi madre. Sin embargo no tuve respuesta de su parte, pero si vi, en los ojos de quienes me observaban, el temor que les embargaba al haber presenciado lo que había hecho. Confundida, toqué el suelo. Todos me miraban como si hubieran encontrado un horrible insecto en su sopa. Hasta él, parecía asombrado y lleno de temor. Me acerqué lentamente a él, pero los pasos que dio atrás me indicaron que no entendía aún lo que pasaba.

Un movimiento de mi mano y el viento se encargó de revolver algo más que sus cabellos; sus ideas respecto a lo que me habían visto hacer serían tan confusas que no sabrían si eso había sido real.

Regresé a casa y me acomodé frente al televisor. Mi madre parecía ignorarme. ¿Qué estaba pasando? Un paneo de la cámara que transmitía en vivo, me trajo a la memoria a Sajonia, donde aún estaba en pie el castillo que hace tantos siglos había habitado…

 

LA GUERRA

Mi casco me asfixiaba. La espada que llevaba en la mano, con el fragor de la batalla parecía una estrella cruzando el aire. Los soldados de Seth caían a mis pies; en cambio, los míos, se alzaban poco a poco victoriosos. Sabía que mi madre había querido esta venganza pero hasta la armadura comenzaba a pesarme y el calor era sofocante.

Me alzaría con la victoria, pero no sabía si eso era lo que deseaba, pues la masacre llenaba de tinta roja la arena de esa tierra. Las naves surcaban el cielo dándole un tinte de color oscuro a cada instante, pese a que el Sol brillaba en todo su esplendor.

Quería agua, mi boca seca era un suplicio, pero no podía detenerme, era imposible hacerlo. Arriba en el cielo las naves se destruían entre así, aquí en la tierra, los soldados cruzábamos la espada.

Por un instante perdí la noción del tiempo y mi cuerpo se movía mecánicamente. De pronto, oí un grito agudo que me trajo a la realidad. Mi espada estaba incrustada en el pecho de un humano. Su sangre había caído sobre mi armadura, su rostro desencajado y lleno de dolor daba los últimos alaridos.

Aquéllo ya había sido suficiente. Me quedé inmóvil frente al cuerpo de aquél pobre ser que se desangraba ante mi vista. La guerra había dividido no sólo a nuestra raza, también a los humanos. Me volví hacia la gran nave donde mi madre se encontraba.

Tiré la espada dando la espalda al campo de batalla y me alejé por completo de aquella visión. No importaba si lo que hacía era comprensible, era la sangre en mis manos la que me negaba a soportar.

Guardé un silencio tan profundo que mi huida fue notoria, pero las órdenes de mi madre debían cumplirse. Así que pese a las protestas que pudiera tener, regresé a la batalla.

Reagrupando a mis soldados, ordené el último asalto. Dirigí una última mirada a la nave de mi madre y me perdí entre estocadas y muerte, tras las arenas del tiempo…

ARENAS DEL TIEMPO

Me detengo frente al espejo. Mi cabello negro cae pesadamente sobre los hombros, mis ojos, clavados en el reflejo muestran acentuado el tono gris verdoso que siempre ha rodeado mi iris. Mi gesto pareciera de duda, sin embargo, sé muy bien lo que está pasando.

El televisor encendido no deja de dar la noticia de la gran nave espacial que ha cubierto el sol dejándonos en una parcial oscuridad. La negra nave se observa a simple vista como si pudiera estar en cualquier parte al mismo tiempo. Estática aguarda en el cielo.

De todos los países que puedan imaginarse llegan noticias y comentarios al respecto. La gente se muere de miedo, pues la nave, sólo permanece ahí desde hace 24 horas que apareció. Las fuerzas armadas de diversos países se han acercado a ella sin que se les haya recibido de forma hostil. Nada… simplemente nada pasa alrededor de la nave.

Salgo a la calle y observo la nave. Tantos años estuve aguardando este momento y finalmente había llegado. Mi madre venía por mí. Suspiré con algo de tristeza. Durante vidas y vidas en este mundo, ella finalmente se decidía a venir, tal y como me lo había dicho hace tanto tiempo.

Observé mis manos, dudaba con respecto a la reacción que tendría mi madre al verme. No estaba segura si ella encontraría lo que había querido obtener de mí: aprender en este mundo lo suficiente como para regresar a casa; pero tantas vidas me había negado a aprender y tantas veces había sido castigada por lo mismo.

Mis vecinos veían la nave. Algunos empezaban a lloriquear, mientras otros hacían cánticos que sin duda denotaban miedo. Pobres de ellos. No hace mucho yo hubiera querido escapar del encuentro con mi madre, pero era inevitable. Ya había llegado el tiempo de encararla.

Suspiré una vez más y vi su rostro. Durante tantas vidas había querido permanecer en este mundo por no separarme de él, pero era incluso el momento en que él mismo tendría que dar cuentas a mi madre y enfrentarse con su propio juicio para saber si podría continuar a mi lado o esta vez, nos separaríamos definitivamente.

Le sonreí con ternura y él se acercó a mí para abrazarme. Tan sólo teníamos los momentos en que nos cruzábamos en cada vida, así fuera toda la vida, no había más, tan sólo ese tiempo y ninguno de los dos podíamos llevar sobre nuestra espalda las consecuencias de las decisiones que habíamos tomado.

El abrazo cálido de mi amor me llevó a las arenas del tiempo en Egipto… tantas vidas atrás.

En ese entonces, aún recordaba cada secreto guardado bajo las arenas de Egipto. Mis soldados de metal se batían en feroces batallas en los cielos, mientras los lugareños nos alababan como si fuéramos dioses.

Una batalla tras otra, esa era mi vida, pues los albores de la civilización humana debían ser resguardados. El hastío de la batalla continuamente me embargaba, por ello, sin más, un día me rebelé. No estaba de acuerdo en el rigor con que mi madre pretendía defender cada una de sus posturas, mucho menos entender la causa por la cual peleábamos unos contra otros.

Aquélla vez, intenté escapar, sin embargo, el deber me hacía estar ahí, al frente de mi ejército de metal. La victoria obtenida había quedado bajo la arena, guardada como un secreto poco conocido.

Sentí en mi rostro el viento y la arena del antiguo Egipto… tanto tiempo había pasado desde entonces.

Me había quedado guarecida en los brazos de mi amado, observando a lo lejos la nave de mi madre. La hora de verla había llegado, más… ella diría la hora y día exacto de nuestro encuentro.

De pronto, hubo movimiento en la nave. Los presentes comenzaron a dar de gritos mientras miraban como la nave de mi madre se movía. De su interior, comenzaron a salir pequeñas naves que se dispersaban en el cielo.

Un extraño nerviosismo comenzó a invadirme. Antes hubiera querido esconderme y huir, pero mis pies no se movían. Comencé a preguntarme si ella no sabía dónde estaba o si acaso ella pretendía antes hacer otras cosas.

Él me tomó de la mano y entramos a la casa. El televisor seguía encendido. Los corresponsales daban datos y crónicas de cada uno de los movimientos de las pequeñas naves que circulaban sin detenerse por las ciudades.

¿Qué pensaba hacer mi madre?…

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続ける?

EL INICIO

El hospital se veía imposibilitado para atender a más pacientes. Las camillas eran ya insuficientes por lo que los enfermos ahora se encontraban sobre cobertores sobre el suelo. Era necesario determinar cuáles pacientes se encontraban enfermos de enfermedades más o menos comunes como el dengue o chikungunya, y aquéllos que estaban infectados con una variante del AH, lo cual significaba que un mal diagnóstico ponía en riesgo a todas aquellas personas que se encontraban en el edificio.

Evgeni y yo teníamos puestos los trajes para evitar cualquier contagio, mas advertíamos que las condiciones en que se encontraba el hospital no eran las mejores para evitar una epidemia, así que ordenamos la cuarentena del hospital, no sin antes la protesta del director y de los pacientes y personal que intentaron salir del mismo para regresar a sus casas.

Habíamos sido notificados por una de las doctoras epidemiólogas del hospital que se había encontrado una nueva variante del AH en uno de los pacientes recién ingresado hace unos días y que tales variantes le hacían pensar en una conjunción entre la rabia y la AH, lo cual equivaldría a desconocer completamente las consecuencias y formas de contagio de la variante de este virus.

Al encontrarnos con ella en el cuarto piso, nos encontramos dentro de un cuarto aislado en el que cuatro enfermeros luchaban contra un paciente que gritaba y daba golpes con una fuerza tal que aquéllos cuatro hombres se veían imposibilitados para sujetarle.

Tras varios esfuerzos de Mawson pudo aplicarle al paciente un narcótico para tranquilizarlo, lo cual me permitió examinarlo. Para mi sorpresa, el ritmo cardíaco del paciente descendió dramáticamente, sus músculos se volvían rígidos como si el paciente hubiera perdido la vida y el proceso de descomposición se hubiera acelerado. Tras perderse el ritmo cardíaco, la  Doctora Mawson y yo procedimos a realizar RCP, sin embargo el monitor nos gritaba con su zumbido que el paciente había muerto.

De forma inmediata tomé muestras de la sangre del paciente, mismas que fueron resguardadas por Evgeni, mientras Mawson determinaba la hora de la muerte. Dedicándonos, después de eso a realizar un reconocimiento del cuerpo del paciente.

Nadie lo esperaba. Tras haber permanecido durante una hora muerto, aquél paciente despertó y en un rápido movimiento atacó a la Doctora Mawson destrozándole la yugular. El golpe siguiente de aquél individuo me quitó el casco del traje de protección  y estuvo a punto de hacerme lo mismo si no hubiera sido por un disparo de Evgeni que le destrozó el cráneo.

Unos segundos fueron suficientes para evaluar la situación. La Doctora Mawson aún se encontraba con vida, sin embargo, la hemorragia provocada le dejaba en un grave estado de salud. De forma inmediata se ordenó el ingreso de la doctora a una de las salas de quirófano, mientras me encargaría de desinfectarme, pues la sangre de aquél paciente me había caído en el rostro.

Evgeni me veía con preocupación mientras terminaba de vestirme. El silencio se hizo profundo entre ambos cuando llegó la noticia de que la Doctora Mawson había perdido la vida durante la intervención quirúrgica.

Ahora nuestro trabajo se centraría en tomar las notas de Mawson sobre el caso del paciente, así como en obtener muestras de sangre de ella misma. En mi mente repetía una y otra vez lo ocurrido con ese paciente, estaba segura que el monitor y el estetoscopio decían que el paciente había muerto, ¿cómo pudo levantarse y atacar a la Doctora?

En compañía de Evgeni me dirigí a la morgue donde ya se hallaba el cuerpo de la Doctora Mawson. Mientras manipulaba la jeringa para obtener varias muestras de sangre, sentí cómo mi vista comenzaba a nublarse y después de unos minutos, una terrible sensación de frío comenzó a invadirme.

En el instante mismo en que estaba perdiendo la conciencia, observé a la Doctora Mawson levantarse de la plancha.

Cuando desperté me encontré en un cuarto aislado, con Evgeni a mi lado. Fue él mismo quien me indicó que habían encontrado en mi sangre los mismos anticuerpos que en la Doctora Mawson y el paciente, lo que significaba que de alguna forma me había contagiado. Intenté recordar cada instante vivido desde que habíamos ingresado al hospital y así lo supe: una gota de sangre del paciente había caído en mi boca y a eso, sin duda, debía mi contagio. Lo cual daba respuesta parcial a las medidas que debíamos tomar para evitar una epidemia.

Lo inusual era que tanto el paciente como la Doctora Mawson habían “despertado” tras haber sido declarados clínicamente muertos. Evgeni, pese a mi insistencia y la importancia de los acontecimientos se negaba a decirme qué había pasado con la Doctora Mawson en la morgue, limitándose a decir que en consecuencia había ordenado que la policía local hiciera un cerco alrededor del hospital para evitar que alguien saliera del edificio.

Durante horas que me parecieron interminables continué trabajando, sin embargo, la situación de estado en el hospital provocó que los pacientes, familiares y personal del mismo se amotinaran. El cerco instaurado por la policía fue prácticamente inservible, pues el disparar sobre personas “inocentes” frente a las cámaras de televisión era inadmisible.

Antes de poder separa el virus caí en cama. Ya sabía lo que me esperaba así que preparé una inyección letal para hacer que, antes de que Evgeni se dirigiera en helicóptero a las instalaciones centrales, yo “despertara”.

Un adiós entrecortado… dolor… oscuridad… y el ruido del helicóptero de Evgeni en la azotea fueron mis últimas sensaciones.

BESOS SOBRE LAS LETRAS (3)

Julia se deslizaba entre las sombras de la casa. No llevaba más ropa que el delicado camisón que la cubría.

Abrió lentamente la puerta de la habitación de Fernando y se escabulló dentro. A la luz de la Luna el rostro de Fernando parecía aniñado. No se atrevía a despertarlo, así que se acomodó a la orilla de la cama para observar a detalle su rostro.

La curva de sus labios le semejaba una manzana que morder, mientras su nariz le hacía pensar en la sonrisa que él casi siempre impedía en su rostro. Observó después los dedos largos y finos que tomaban con suavidad la ropa de cama. No podía despertarlo, así que se apartó con sigilo de su cama para dirigirse a la puerta.

Al intentar abrir la puerta, notó una mano que se lo impedía. Tras ella se encontraba Fernando que para su sorpresa, había andado solo desde su cama hasta ese lugar. Julia no pudo evitar sonreírle al máximo y abrazarlo por la proeza que había hecho.

Tras el entusiasmo descubrió la piel desnuda del torso de él, así como las manos que poco a poco buscaban algo más debajo del camisón que la cubría. Ella buscó la mirada de Fernando mientras le ayudaba a quitarse la poca ropa que tenía. Él, no dejaba de verla mientras sus manos se aferraban a su cadera, para penetrarla cálidamente.

Dolor y placer se conjugaron en el cuerpo de Julia. Le sentía desgarrarla por dentro al tiempo que le provocaba emociones que nunca había sentido. Sus cuerpos se unieron en una cadencia que les hizo estallar al unísono.

Fernando tomó entre sus manos el rostro de ella para observarlo atentamente bajo la luz de la Luna y con un beso profundo en sus labios intentó decirle todo lo que pasaba en su interior, buscando una solución a todas sus dudas y problemas que aquella unión significaban. Más, por aquélla noche, ella era de él… era una mujer y hombre sin ninguna clase de condiciones, así que tomándola de la mano la llevó hacia la cama donde la abrazó para no dejarla ir hasta que saliera el sol.

Al despertar, Fernando encontró aún a Julia entre sus brazos. Apartó las sábanas que los cubría para observar cómo la piel de ella brillaba con los leves rayos de sol. Lentamente acarició la piel se se brindaba a su vista y tras descubrir todo su cuerpo con la mirada, adentró sus dedos en su monte de venus. Aún había restos de humedad.

El despertar de Julia fue entre los movimientos lentos de Fernando en su interior y la ligera molestia que aún le producía. Descubrir el placer bajo la luz del Sol fue lo mismo que bajo la Luna de la noche anterior. Julia se encontró navegando en sábanas blancas en emociones que se adherían a ella debido al cuerpo de Fernando.

Se sentía una con él, sin que existiera un mundo a su alrededor. Sólo al término de aquella danza, recordó que era una doncella de servicio en esa casa y que su lugar estaba a los pies de aquél joven. Al separarse de Fernando descubrió con toda claridad su realidad y decidió con pleno dolor, no volver a acercarse a él.