UNA GUERRA

Se abrieron las puertas y al momento descubrí sus ojos. Una sonrisa incontrolable y el sonrojo en mis mejillas me delataron. Sus ojos azules sólo se clavaron en los míos un segundo para apartarse inmediatamente tras un dejo que parecía indiferencia.

En el siguiente piso, las personas que se encontraban entre nosotros bajaron del elevador, dejándonos en medio de un silencio que me parecía incómodo.

Le miraba de reojo y trataba de contener la respiración. Nuestra convivencia en el mismo piso no era exactamente la mejor entre vecinos, sin embargo, esos ojos no podía evitarlos.

Observé mi reflejo sobre el panel de botones y descubrí que me veía linda, así que armándome de valor lo asalté con un hola.

Él clavó su mirada en mi rostro sin que se observara cambio alguno en su expresión, por lo que estuve a punto de renunciar. Mordí un poco mis labios, tomando valor para decirle lo que pensaba con respecto a nuestra relación de vecinos, pues en momentos habían sido guerras campales de fiestas que no nos dejaban dormir a uno y otro, así como los demás conflictos que habíamos tenido.

Mi discurso no parecía tener fin y la expresión en su rostro seguía inmutable. Finalmente contuve la respiración y mi mirada cayó al piso, me había desarmado; así que lo pensé mejor y me quedaría callada el resto del viaje al piso veintidós.

Me sentía tonta, una sensación muy normal cuando me topaba con mi vecino, que pese a ser uno de los hombres más atractivos que conocía, me parecía un tremendo patán; así que esa sensación que muchos denominarían amor-odio aparecía cuando se trataba de él.

Él continuó con el mismo gesto en su rostro hasta que las puertas del ascensor se abrieron, sin embargo, unos segundos antes de salir, se acercó a mí tan sólo para rozar con la punta de sus dedos los míos.

Así, le vi alejarse para adentrarse en su apartamento sin decirme una sola palabra.

El roce de sus dedos había causado un choque eléctrico en mi cuerpo que no pude definir, pero que había desconectado cualquier pensamiento coherente en mi cerebro.

Aquella noche, el escándalo proveniente de su departamento se hizo presente. Daba vueltas en la cama tapando mis oídos con la almohada, pero seguía escuchando la música como si estuviera dentro de mi habitación.

Ya molesta me levanté y fui hasta el apartamento de él para pedirle bajara el sonido de aquella música, pues debía salir temprano al día siguiente. La misma cara de impasibilidad que tuvo en el ascensor la tenía mientras me escuchaba y tras terminar mi petición, dio un portazo en mi nariz.

Toqué ferozmente la puerta, hasta dar una patada con un pie descalzo que me regresó a mi cama con el pie adolorido y la rabia derramándose en sendas lágrimas que no tenían fin.

Al día siguiente, salí de mi departamento aún furiosa, notándose en mi imagen lo poco que había dormido y lo mucho que había llorado por la rabia. Más, al esperar el ascensor, observé dos enormes bolsas de basura que se hallaban frente a su puerta, esperando a que el administrador del edificio pasara por ellas. Me sonreí maquiavélicamente y procurando que nadie más me viera, esparcí todo el contenido de las bolsas frente a la puerta. Una venganza muy tonta, tal vez, pero venganza al fin y eso me hacía sentir contenta.

De regreso a casa y por una horrible casualidad del destino, me topé con él de nueva cuenta en el elevador. Ese gesto de tranquilidad en su rostro me parecía tan hipócrita que empezaba a molestarme, peor aún cuando se atrevió a acariciar a Duke, mi perro, que regresaba tras de una estancia con el veterinario. ¿Cómo podía mantener esa cara de tranquilidad todo el tiempo? Estaba segura que podría poner en su baño una bomba de olor y él seguiría con ese mismo gesto.

<<Una bomba de olor>>, pensé… <<¿pero quién la podría ahí?>>

Al llegar a nuestro piso, cual galante caballero me cedió el paso y una vez fuera del ascensor me dio las buenas noches, agradeciéndome que haya dejado frente a su puerta una exquisita alfombra de basura, pues gracias a ello había encontrado una nota que era importante y que de no haber tirado así la basura, no la habría encontrado; indicándome además que disfrutara el concierto de esa noche.

Me quedé azorada. Primero un rubor cálido cubrió mis mejillas al saberme descubierta, aunque era más que obvio que había sido yo quien hizo esa “pequeña travesura” y después pasé al enojo y tristeza… no dormiría otra noche… y así fue.

Al día siguiente, Duke, como acostumbraba, jalaba las cobijas para que me levantara y lo llevara al árbol más próximo. Enfundada aún en mi pijama, con la cara sucia y el pelo despeinado me aventuré a salir de mi apartamento. El ascensor tardaba y Duke comenzaba a desesperarse… cuando vi la puerta de mi vecino.

-Duke, tendrás que hacerlo aquí, lo siento-, le dije a mi perro que ante mi renuencia por bajar, obedeció.

<<Una tonta venganza más>>, pensé y me regresé a mi apartamento.

Unas horas después sonó el timbre de la puerta. Al abrirla, apareció mi vecino con esa bella sonrisa que le había visto varias veces, poniéndome en la mano una bolsa con las gracias de Duke. En ese instante no sabía dónde meterme. Ahí estaba yo con la pijama, un rastro de baba en la cara y el pelo despeinado con la bolsa en mi mano y él, se alejaba con un silbido de satisfacción.

Tras ese día, soporté estoicamente un mes de desvelo y me ocultaba si veía cerca a mi vecino. Me veía al espejo y notaba las profundas ojeras en mi rostro. Ya no pude más y con una banderita blanca en mano me presenté ante su puerta.

-Ya no puedo más, necesito dormir-, le dije en cuanto lo tuve enfrente.

Clavó su mirada en mis ojos y más que tranquilidad, encontré en su mirada algo de traviesa alegría.

-¿No volverás a hacer todas las cosas que has hecho como tirar la basura frente a mi puerta o los regalos de Duke, ni el esconderme el correo?- dijo con un tono de voz que ocultaba muy mal su jocoso talante.

-¿Esto te divierte?- dije confundida.

Se sonrió ampliamente y se acercó a mí, tanto que podía ver el nacimiento de sus pestañas.

De la misma forma que en el ascensor lo había hecho, rozó mis dedos con los suyos. Le miraba buscando alguna explicación, misma que vino con su mano en mi cuello y sus labios sobre los míos.

-Jugar a estas guerras contigo es divertido-, dijo tras separarse de mis labios. -Todas las noches de fiesta han sido para provocar una reacción en ti.

¿Debía creerle? Me había sentido en más de una ocasión humillada e ignorada por su actitud, pues no sólo habían sido las fiestas, sino todos los otros momentos de fricción entre ambos. La confusión entonces reinó en mi ser e hizo que sin decir nada me separara de él para refugiarme en mi apartamento.

Esa noche, en cuanto escuché la música en su apartamento, tomé algunas cosas de mi habitación y seguida de Duke, me fui a casa de mis padres. Al día siguiente y con el ánimo por los suelos, regresé a mi apartamento para empacar más cosas y huir.

Al entrar al ascensor con maleta en mano, observé a mi vecino que se acercaba al elevador con una expresión de confusión y tristeza que no le había visto nunca.

<<Esos ojos…>>.

Su mirada era hermosa y el calor de sus labios sobre los míos aún más. Al recordar aquél beso que me había dado sentí mariposas por todo el cuerpo, pero no podía entender la causa por la que nos habíamos envuelto en actos que a uno y a otro nos habían agredido, así que, con tristeza en el corazón, salí del edificio…

 

 

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