CREÍMOS CONOCERNOS

Lo miraba con sorpresa. El decía que no lo conocía. Cosa más falsa, conocía cada momento en que la tristeza lo embargaba hasta descargarla conmigo, así como el brillo en su mirada cuando estaba feliz o las innumerables formas en que me alejaba de él tan sólo para sostener su soledad.

Observé su larga silueta por última vez y comprendí que todo estaba perdido. Ni él ni yo estábamos dispuestos a ceder.

Con dolor y frustración tomé la poca ropa que mis brazos pudieron sostener para meterla en la primera maleta que encontré. Él me miraba irritado y aún turbado ante mi decisión de salir de la casa, pero no se opuso.

Bajé las escaleras con él siguiendo mis pasos. Observé la casa que habíamos creado. Una piscina que nunca habíamos usado, una comedor que había servido para comernos ambos y una cocina que había incendiado en mis fracasos como cocinera.

Busqué sus ojos para verme reflejada en ellos, pero ya no había nada para mí. Sentí las lágrimas rodando sobre mis mejillas. Haciendo un esfuerzo sobre humano las limpié toscamente con la mano y salí.

Encendí el autómovil y eché una última mirada a la morada que durante meses me había cobijado, tanto había dejado de mí en ese lugar que separarme era una herida que tardaría mucho en sanar.

Mordí mi labio inferior al sentir la opresión en mi pecho que marcaba que era tiempo de olvidarlo, pero no podría, sin duda, durante mucho tiempo él y esa casa serían unos de mis más grandes amores.

<<Adiós, amor>>, dije dejando una estela de humo tras de mí.

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