BESOS SOBRE LAS LETRAS (2)

La turbación de Julia no le dejaba pensar. Apresuradamente se vistió y salió de la biblioteca. Al llegar a su habitación no se decidía a desvestirse y acostarse sobre el duro camastro de su pequeña habitación.

A su mente vinieron las manos de Fernando desatando las cuerdas de su blusa, exponiendo sus senos, acariciándolos; quitándole la falda y las enaguas, hasta dejarla sobre el escritorio y acariciarla provocándole emociones que no había sospechado.

De la misma forma en que él lo había hecho se desvistió y tendió sobre la cama. Repasó sobre su cuerpo con sus propias manos las caricias que él le había prodigado. El acariciarse era algo que nunca había hecho y en esta ocasión dejaba de lado todas las prohibiciones que de niña le había hecho con respecto a ese lugar.

Repetía una y otra vez las caricias de Fernando, sintiendo entre sus piernas una calidez nunca sentida hasta provocarse un orgasmo que no podía definir. No podía dejar de pensar en lo sucedido así que no apartó sus manos de ella misma y así descubrir lo que se sentía por dentro el ser tocada.

Pese a la ligera incomodidad que sintió al penetrarse no dejó de acariciarse y así descubrir, los estertores internos cuando estallaba de placer. El sol la descubrió desnuda, exhausta y con una sonrisa de satisfacción no antes experimentada.

Tras terminar las lecciones de esa noche, Julia ayudó a Fernando a caminar alrededor de la biblioteca, lo cual, hacía cada vez mejor; sin embargo, un ligero roce de la mano de él en su hombro le hizo perder la compostura a ambos.

Él la tomó de la cintura poniéndole contra un estante de libros, clavando su mirada en los ojos de la chica, no acertando a decidirse si besarla o dejarla marchar. Fue ella, quien suavemente se decidió a acariciar su cuello, el pecho, en tanto buscaba la aprobación de él con la mirada.

Él tomó aquélla pequeña mano que lo recorría para llevarla a su entrepierna. La sorpresa en el rostro de ella al sentirlo le hizo sentir alegría y ternura a la vez, conjugado con el morbo que sería el mostrarse ante ella. Y así lo hizo, dejando al lado un poco sus ropas se mostró abiertamente ante ella, para tomar su mano y enseñarle cómo acariciarlo.

Ella obedecía, pero su nerviosismo fue en aumento hasta el grado de alejarse de él. Ella pidió innumerables disculpas, pero no podía continuar, así que ahora era ella quien lo dejaba a él excitado y más turbado que nunca.

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