BESOS SOBRE LAS LETRAS (1)

La gran casa la sobrecogía. Se le había indicado estrictamente que no entrara a la biblioteca si no se le ordenaba, mientras tanto, podía hacer la limpieza en los demás lugares, siempre y cuando no estorbara en las actividades cotidianas de la familia.

Había semanas agitadas en que la familia brindaba comidas y cenas que parecían interminables. La música, la comida, las risas y la algarabía parecían no tener fin para todos los que conformaban aquélla prominente familia e invitados, excepto para el integrante menor, que siempre se encontraba postrado sobre su silla de ruedas en cualquier rincón donde no lo molestaran, con la mirada perdida en el horizonte.

Julia siempre observaba a aquél muchacho de aire melancólico mientras era partícipe de aquéllas fiestas como mesera, preguntándose si sería la lesión en su pierna que no terminaba de sanar la que le hacía tener ese aire de tristeza.

Era ese muchacho el que permanecía horas interminables en la biblioteca, siendo él la causa de la prohibición de que ella entrara ahí. Tanta curiosidad tenía Julia con respecto a la biblioteca y a ese muchacho, que no perdía la oportunidad de espiarlo o de intentar entrar a esa área para descubrir qué hacía ese chico ahí.

Fue en una ocasión que se le dijo que la familia saldría de viaje por dos semanas a su casa de campo, que Julia se decidió a entrar en cuanto supiera que la familia había partido. Una vez que vio desde una ventana de la segunda planta cómo partían los carros hacia la casa de campo, que bajó corriendo las escaleras hasta llegar frente la puerta de roble que guardaba la biblioteca.

Tras la pesada puerta encontraría la satisfacción a su curiosidad, así que su corazón latía con más fuerza que de costumbre. Tomó el picaporte para girarlo despacio y así lograr entrar a la gran biblioteca. Frente a ella descubrió una interminable hilera de estantes que cubrían las paredes con libros de diversos colores. El sol entraba de pleno lo que le daba a aquél lugar un toque de magia.

Con las manos inquietas tomó varios libros, pero así como los abría, volvía a dejarlos en su lugar. Era inútil imaginar de qué trataba cada uno pues nunca había aprendido a leer. Apesadumbrada se dirigió al escritorio donde vio varios libros más y hojas escritas, sin duda por el pequeño amo, cuyo contenido nunca descubriría.

Había tomado una de las hojas y la observaba a contraluz cuando escuchó la puerta girar sobre sus goznes.

-¿Qué haces aquí?-, escuchó la voz del joven amo frente a ella.

-Yo… yo… discúlpeme, amo. Quería saber lo que había aquí, pues me han prohibido entrar.

Aquél muchacho se acercó a ella con un gesto de curiosidad.

-¿Sabes leer?-, le dijo.

Ella negó con la cabeza explicando que nunca había ido a la escuela, por ello no sabía leer ni escribir. El muchacho suspiró y tras unos minutos de silencio le propuso enseñarle a aprender a leer y escribir, pero, con la condición de que sería después de las 10 de la noche, cuando todo mundo se ha ido a dormir y no habría nadie que la llamara para las labores domésticas.

Julia aceptó de buena gana y con una sonrisa en los labios salió de la biblioteca agradeciendo a aquél muchacho su propuesta. El día transcurrió ordinariamente y con menos trabajo del acostumbrado, pues aquél muchacho era el único integrante de la familia que había decidido quedarse en la casa y como no saliera nunca de la biblioteca no significaba una carga para la servidumbre que había quedado en la casa.

Julia esperó atenta a la primera campanada de las diez de la noche, para salir cobijada por la oscuridad y llegar así a la biblioteca. Cuando entró, descubrió al amo Fernando con la mirada perdida en uno de los tantos libros que tenía sobre el escritorio.

Aquella primera clase no fue tal cual la imaginaba, pues pese a la gran paciencia que parecía tener el amo Fernando, no era lo mismo con ella; se desesperaba con cada falla pensando que nunca podría aprender a leer ni escribir.

Las dos semanas transcurrieron rápidamente, dejando en Julia las secuelas de los desvelos diarios. Fue así, que a la tercer semana de clases nocturnas, se quedó dormida sobre el escritorio. Fernando no se había molestado en despertarla, pues al verla dormida le pareció frágil y más bella que despierta. Se quitó la manta que siempre llevaba sobre sus piernas y con ella cubrió sus hombros.

Ver el esfuerzo que ella hacía por aprender le hizo pensar en sí mismo y en las condiciones en que se encontraba. Observó sus piernas. Un accidente debido a su frivolidad le había costado que su pierna se fracturara de forma tal que la recuperación era tan lenta que llevaba postrado ya unos meses en esa silla de ruedas.

Observó a la joven que respiraba pesadamente sobre el escritorio y tras un respiro profundo se levantó de la silla. El primer paso fue el más difícil y el más doloroso. Los siguientes dos parecían un tormento. La impotencia y la rabia le inundaron, así que regresó a su silla de ruedas ante la mirada atónita de Julia.

Al encontrar la mirada de ella él dio por terminada la clase, saliendo de la sala sin decir adiós. Esa sería la primera de tantas noches en que Julia lo descubriría intentando dar pasos hasta que, sin pedirle su autorización, tomó una de sus manos y le apoyó para andar con paso sumamente difícil, alrededor del escritorio.

Como premio a ese apoyo, Fernando le dejó escoger un libro de los que se encontraban en la biblioteca. Julia, con los ojos brillando de felicidad encontró un libro de tapa azul con letras doradas. Al ver el libro, Fernando sonrío, pero no se opuso a la idea de que ella lo tomara.

Un par de meses después, Julia podía leer y escribir frases completas, por lo que Fernando le pidió a ella que comenzara a leer el primer párrafo de la obra que había escogido.

Julia empezó a leer su libro. Las palabras fluían de su boca, pero la comprensión de lo que acababa de leer aún era inalcanzable para ella. Fernando notó que las palabras dichas no habían entrado a su alma, así que le forzó a leer aquél primer párrafo una y otra vez.

La frustración no tardó en apoderarse de Julia, quien terminó por dejar a un lado el libro con un ceño de enojo en su entrecejo. Fernando, riéndose entre dientes debido al enojo de la joven no dudó en explicarle lo que había leído. La obra que ella había escogido era un tratado respecto al amor.

Tras esa noche, Fernando le hacía leer un párrafo completo del libro y ella, le ayudaba a caminar alrededor de la biblioteca hasta que ambos terminaban cansados y se separaban para ir a dormir las horas que quedaban de la noche.

“El amor también se expresa de forma física y es la relación sexual entre una pareja la mejor representación de lo que ello significa…”

Leía Julia con una mejor pronunciación. Fernando carraspeó interrumpiéndola, era hora de tomar otro libro.

-¿Por qué?-, preguntó ella.

-Porque la mejor forma de saber de qué habla el autor es experimentando la relación sexual-, dijo él.

Julia no dijo más, pero aquéllas palabras quedaron en su mente como si las hubieran grabado con fuego. A la noche siguiente, Julia se revolvía inquieta en la silla.

-Enséñeme lo que es una relación sexual-, le dijo a Fernando.

Él ante la sorpresa no supo qué decir y en silencio salió de la biblioteca. Las clases por esa noche habían acabado.

La noche siguiente y antes de que ella pudiera decir algo, él la tomó de la cintura obligándola a sentarse sobre sus piernas y así, poderla besar. Entonces la mano libre de él buscó las cuerdas que ataban la blusa de la joven, para quitarlas y así dejar libres sus senos.

Tal había sido la sorpresa de ella, que se dejaba hacer sin emitir ningún ruido. Pronto se vio liberada de la ropa que traía, exponiéndose desnuda ante él, quien con suavidad y delicadeza la exploraba con sus manos.

La había acomodado sobre el escritorio, por lo que podía ver la jungla castaña que estaba entre las piernas de la joven. Sus dedos buscaron en ella, encontrándose con una leve humedad que ya comenzaba a escapar. Sólo empujar un poco sus dedos y halló que la chica era virgen.

Era demasiado el deseo, paro también demasiada su conciencia moral como para culminar aquello que estaba haciendo. Disculpándose por lo sucedido le ofreció a ella sus prendas, alejándose de la biblioteca.

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