UN DOMINGO

Lo descubrió mientras escuchaba atentamente aquél interminable discurso de cada domingo. Jamás había pensado lo que era un perfil griego, sin embargo, así fue como definió: un perfecto perfil griego.

Habrá sido la obstinación con la que ella lo observaba, que él no tardó en descubrirla. Ella, sin más, desvió la mirada al púlpito donde continuaba aquél sermón.

Las alegorías sobre el castigo eterno dejaban de importar cuando ella no podía resistir el querer observarlo. Así que de nuevo se atrevió a buscarlo con la mirada. Sin más, era un hombre al que no podría resistirse.

Con la mirada fija en su espalda, se dirigió a la fila para la comunión. Cuando él iba de regreso a su lugar, él clavó su mirada en ella, dirigiéndole una sonrisa. Mil colores subieron a su rostro, sintiéndose tan nerviosa y torpe como para poder seguir en la fila sin tirar a los demás como si fueran naipes.

Respiró profundamente tras recibir la comunión y regresó a toda prisa a su lugar. Cuando volvió a buscar a aquél muchacho con la mirada, no lo pudo encontrar donde antes había estado. Hurgó con la mirada por todos los rincones posibles de la iglesia, sin poder hallarlo.

Sintió una opresión extraña en el pecho, que se manifestó en su rostro cabizbajo.

Con paso lento y tras una ominosa multitud, descubrió la brillante luz del sol del mediodía de aquél domingo. Sus ojos tras un par de minutos pudieron acostumbrarse a la luz, que le brindaron la imagen de aquél joven frente a ella, obsequiándole una pequeña flor.

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