NUESTRA DESPEDIDA

Había llegado a la ciudad hace casi una semana y gracias a la hospitalidad conocía gran parte de las atracciones turísticas, coloridas costumbres por doquier y bebestibles razones para agradecer las tardes de verano. En verdad, no hubo hora del día, aparte de la noche, para realmente descansar; desde temprano salía en las expediciones y eso incluía hasta las meriendas de la tarde, refrescante por cierto.

Exhausto llegaba todas las tardes al hotel donde me hospedada y cuando faltaba solamente un día para volver a mi tierra natal, la encargada de recepción me dio una nota.

Reconocí inmediatamente la letra, una invitación a conocer los cielos estrellados en la última noche de mi estadía; tenía tiempo para ducharme y esperar su llegada.

Me había informado anteriormente, que en el hemisferio norte la visión de la vía láctea era espectacular, el espiral y los destellos de una noche sin luna, toda esa aventura es la que tenía en mente para terminar un excelente semana. Bajé y esperé pacientemente.

Puntual, como solía ser, llegó en un deportivo descapotado. La vi entrar con paso lento al lobby del hotel, envuelta en un vestido de satén rojo que marcaba claramente sus curvas. Al verme, sonrío y sin más, salimos del lugar.

Ella había elegido un restaurante discreto frente a un lago que quedaba a media hora del hotel, aproximadamente. No tuve objeción alguna y hacia allá nos dirigimos.

La charla durante el trayecto fue del todo animada, recordamos nuestros mensajes y llamadas previos a conocernos y también cada una de nuestras peripecias en notas de voz para excitarnos y así, tener sexo a la distancia.

Quizá fue el vino o la forma en que nuestros dedos rozaron sobre la mesa, la que me hizo sujetar su mano y abrazarla hacia mí para besar su cuello.

Ella observó a su alrededor y bajo la mesa oprimió mi muslo y después, acarició mi sexo por encima del pantalón. Me miró sorprendida al sentir la erección que había encontrado.

Pedí la cuenta y al salir del restaurante, la tomé de la cintura para encaminarnos al auto. La sostuve contra la puerta y froté mi entrepierna sobre su cadera, mientras mis labios oprimían los suyos.

Tras un suspiro que escapó de su boca, ella me apartó delicadamente.

-Debemos irnos, mañana partes-, dijo con un tono suave que ocultaba algo de decepción.

Sonreí con pocas ganas y me metí al vehículo.

Mientras ella manejaba, observaba su perfil con las luces del panel de control sobre su rostro. Sin pensarlo, posé una de mis manos sobre su muslo derecho y lentamente levanté la tela que cubría su pierna para acariciarla.

No tardé mucho en hacer que mi mano llegara a su entrepierna y en largos movimientos de la rodilla al muslo, detenerme ahí, hasta sentir que se humedecía.

Sin avisarme, detuvo el vehículo a un lado de la autopista y me observó con una leve tensión en el rostro.

Se acercó a mí y comenzó a besarme. Mis manos hambrientas buscaban conducirse sobre su figura y así, la atraje para colocarla sobre mí.

Ella, besaba mi cuello, en tanto sus manos descubrían mi pecho, donde prodigó más caricias de sus labios. Mis manos levantaron su vestido hasta enrollarlo en su cintura y así, asirme de sus caderas que se cubrían con encaje.

Una de sus hábiles manos abrió mi pantalón y con un ágil movimiento hizo que de golpe, entrara en su cálido cuerpo. Nos unimos en gemidos y vaivenes que acompañaba el propio auto, mientras en la autopista pasaban los vehículos.

A veces escuchábamos el sonido de alguna bocina al pasar frente a nosotros, lo que provocaba risas de ambos, pero no evitaba que siguiéramos con lo nuestro.

Entre risas, salimos del coche para acomodarnos en el asiento trasero, aunque no hicimos por cubrirnos con la capota. Yo sólo pensaba en quitarle ese vestido que la cubría, así que, bajé el cierre en su espalda, lo que hizo que su vestido cayera, dejando a la vista el sostén de encaje sobre sus senos turgentes.

En un movimiento, me puse sobre ella, penetrándola lentamente, quería que sintiera en ese suave toque lo que provocaba en mí. Me sostuve del respaldo de los asientos para ver la forma en que entraba en ella, mientras el cielo nos regalaba una noche estrellada, turbada tan sólo por los gritos y gemidos de ambos, así como las bocinas en la autopista que poco a poco dejamos de escuchar.

Veía mi miembro húmedo salir de ella y cada que la penetraba un gemido escapaba de su boca, que llenaba a besos, al igual que sus senos y manos que a veces acariciaban mi rostro o se clavaban en mi espalda o cadera.

Ella se arqueó con un grito que denotaba su orgasmo, en tanto yo sentí sus espasmos alrededor de mi falo que era sostenido en el calor de sus piernas. Verla gritar, sentirla húmeda, hizo que llegara a mí un estertor de placer, que me hizo derramarme dentro de ella.

Tomé su cuello para llevarla a mis labios y acto seguido, me desplomé sobre su pecho. Nuestros cuerpos se encontraban perlados en sudor y las agitadas respiraciones hacían las veces de escandaloso final.

Con ternura sostuvo mi rostro y me regaló un beso diferente: un beso que más que deseo, denotaba amor.

La abracé con fuerza, sintiendo cómo la urgencia de su piel volvía a apoderarse de mí. Ésta vez, no le dí alguna opción, la hice mía de nueva cuenta hasta que me desplomé sobre su cuerpo, completamente extenuado.

Me perdí en un tranquilo sueño. Cuando desperté, ella observaba mi rostro. Me sonrío, indicándome así, que era hora de partir.

Ésta vez, al ver bajo sus ojos signos de cansancio me ofrecí a manejar. Ella me observaba, tal vez, como yo lo hiciera previamente. con sonrisa pícara en los labios acariciaba mi pierna y después, mi entrepierna. Tal maestría tenía en esa mano, que me provocó una erección, la cual fue expuesta a su vista y labios cuando decidió abrir mi pantalón y posar su cabeza sobre ella, para asirme con sus labios, succionándome con fuerza, en tanto intentaba concentrarme en el camino que aún quedaba por recorrer.

En su boca sentía el calor de su lengua que me recorría, una plácida succión a mi miembro y yo mismo, temblando.

Acaricié por encima del vestido su cadera, fue eso o los gemidos que escuchaba, lo que hicieron que me perdiera en un orgasmo, estallando dentro de su boca. Ella, no dejó escapar nada de mí y con suma delicadeza, lamió los restos que quedaban.

Mi respiración se encontraba agitada. Ella, con tranquilidad, dejó mi ropa como se había encontrado antes y en silencio dejó un beso en mi mejilla para acomodarse en su asiento dándome la espalda.

Llegamos al hotel. La observé y sin dudarlo, le dije un “quédate”. Mordió sus labios y negó con su cabeza. No supe si sus ojos se llenaban de lágrimas y no lo quise ver. Bajé del vehículo para adentrarme del lobby, pero antes de que cruzara la puerta, escuché su voz, nombrándome.

Corrió hacia mí para prendarse de mi boca y no la solté de nueva cuenta.

En la habitación lo hecho en la autopista fue poca cosa. Exploré cada parte de su cuerpo con lentitud y lascivia, hasta quedar ambos extenuados, dormidos en un abrazo.

Cuando desperté encontré su cuerpo tibio a mi lado. Suavemente la desperté con un beso en la mejilla.

Poco a poco se nos hizo una mañana tranquila entre el amor de sobrecama y el arreglo de mis cosas para partir.

Aún con el vestido de anoche y su cara que denotaba un cansancio tranquilo me llevó al aeropuerto. Me despedí de ella con un beso en los labios y una sonrisa… tal vez, regresaría… tal vez nunca lo haría, pero me llevaba todo de ella y ella, se quedaba todo de mí.

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