LA PASANTE

Contuve el aire para tranquilizarme. Él iba a llegar. Exactamente a las 6:00 p.m. entraría por la puerta del despacho dispuesto a hacer el amor conmigo como cada viernes desde hacía seis meses.

Ésta vez sería diferente. Hacía un mes que había comenzado a salir con alguien, un bello muchacho que había conocido en la Facultad y que se había convertido en una tierna ilusión; muy diferente al sexo brutal que cada semana tenía con él.

Era saciarnos el deseo hasta quedar exhaustos sin pensar en un mañana o porvenir juntos. Él tenía novia, una a la cual decía amar en las tarjetas de flores que la secretaria enviaba cada lunes a la oficina de ella.

Y yo, en mi calidad de pasante, ¿qué podía esperar de él?

Observé el reloj. Las seis en punto. La perilla comenzó a girar y los demás pasantes comenzaron a revolotear desde sus escritorios hacia el jefe que había llegado. El camino hacia su privado era un procesión de parloteos de todos los pasantes que le decían los pendientes, así como las actividades del día, que con gran esfuerzo habían realizado.

Yo me quedé atrás observando todo ello. Quizá extrañaría ver su figura cruzar delante de mí, con esa sonrisa de autosuficiencia que le gustaba a todas las chicas de la oficina. Tan inalcanzable parecía que eso, las volvía locas por él.

Tras ver salir a su secretaria tomé los expedientes que habían estado a mi cargo y solicité hablar con él. Cuando entré a su privado no me atreví a observar su rostro. Sólo renunciaría con la explicación de que había encontrado un nuevo despacho donde me pagarían mejor y me iría.

Al terminar mi explicación, me levanté inmediatamente de la silla y me dirigí a la puerta.

-Espera-, dijo él con tono grave. -¿Cuál es la verdadera causa de tu renuncia? Pues no existe otro lugar donde paguen mejor que yo.

Me quedé observando la puerta sin saber cómo decirle que prefería trabajar al lado de ese joven que con él; sin embargo, no fue necesario. Se acercó a mí y en movimiento felino apartó el cabello de mi oído para susurrarme que sabía que estaba saliendo con alguien y que me iba para estar cerca de ese chico.

Sentir su aliento tan cerca de mí provocó que mi cuerpo se tensara, pues cada caricia que me había dado era una obra de arte. Me sostuvo con sus manos y acercó sus labios a mi cuello para besarlo, mientras las manos en la cintura comenzaron a desabotonar mi blusa y falda, las cuales cayeron al piso dejándome expuesta en medio del lugar.

Me llevó hacia el escritorio donde me recostó abriendo mis piernas para colocarse en medio de ellas. Escuché el sonido de su bragueta al abrirse y sentí su falo tibio adentrarse en mi cuerpo.

El movimiento de su cadera provocaba en mí deliciosas sensaciones de placer, lo mismo que su lengua lamiendo mis pezones.

Ese instante maravilloso era una oleada de vertiginosas caricias que nos hicieron caer pronto a un orgasmo unísono que lo dejó exhausto sobre mi pecho.

-No puedes irte-, dijo en tono de súplica. -Eres mía… mi pequeña… mi muñeca.

Observé sus ojos sin poder impedir que en los míos fluyeran lágrimas. Lo aparté de mí para vestirme y salir de ahí en silencio.

Lo amaba… pero era imposible.

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