LIBERTAD

Mi libertad estaba en las manos del concejo. Matarlo había sido cosa de nada en comparación a mis tiempos de guerrero, excepto que ahora no estaba en guerra y había matado al jefe de Manu, mi pueblo, por el amor de una mujer que se encontraba en su harem.

En favor a mis anteriores servicios prestados, no me azotaron como a los otros o me dejaron en condiciones miserables, pero si en una celda tan pequeña que apenas si podía descansar. Mis huesos estaban molidos, era difícil, si no imposible, sentarme. Cuando me sacaron para informarme de la suerte que correría fue un alivio.

Aunque, mi destino, no era tan bueno, por lo pronto no era la muerte directa. Participaría en el rito de verano.

Después de lavarme y ponerme la gopîchandana (marcas de pintura sobre el cuerpo), me hice de un taparrabos, no era necesaria otra vestimenta.

Éramos un grupo de quince hombres. La mayoría había sido elegido por su aldea para participar en el rito y muy pocos, se habían ofrecido para ello. Así había jóvenes desde los quince años de edad, hasta hombres que se considerarían viejos, como yo.

A mis treinta y cinco años aún era ágil, no en vano me había infiltrado al palacio de Manu y…

Nada de recuerdos, debía estar atento al recorrido que haríamos.

El rito consistía en que al momento de iniciar una carrera,  cada participante encendería una hilera de arbustos y bambúes secos, que habrían sido previamente impregnados de brea. Al final del recorrido había un estanque con agua. Para no morir calcinados, teníamos que llegar a ese estanque; sin embargo, no todo era tan sencillo. Sólo debía sobrevivir uno de nosotros, para ello, fuimos dotados de un kris. El kris serviría para cortar los arbustos o matar a algún otro participante.

Ironías de la vida, pensaba. Había estado encerrado por matar a alguien, pero para conservar mi vida, debía permitir la muerte de otros tantos o quiza… matar.

Se escucharon vítores alrededor. Las escalinatas se encontraban repletas con gente de las aldeas aledañas. Los demás participantes levantaban las manos en señal de una victoria próxima, yo era el único que no miraba a la gente. Me preguntaba quién era más cruel, si ellos por ver a un grupo de muchachos morir calcinados o a manos de alguien más o yo, por haber matado a un hombre por la libertad de la mujer que había amado.

Se hizo un silencio sepulcral cuando se dijeron las fórmulas del rito, solicitando la protección de Indra.

Bellas jóvenes danzaron a nuestro alrededor dejando en nuestras manos, sendas antorchas encendidas. El momento para iniciar la carrera era justo cuando la danza de esas mujeres terminara y entonces, el duelo, comenzaría. Cerré los ojos, atento al movimiento que sentía a mi alrededor.

Cuando no oí algún ruido, abrí los ojos y corrí hacia la hilera de arbustos para encenderla. Escuché a mi espalda un grito proveniente de un joven que pretendía enterrar su kris en mí. Con mi brazo hice una palanca y así lo lancé a la hoguera que ya había iniciado.

Era hora de correr, el fuego, comenzaba a ganarme la partida.

Se escuchaban gritos y vítores, así como el crepitar de las llamas y los gritos ahogados de otros participantes. El calor era sofocante y el aire se enrarecía.

Frente a mí, cayeron bambúes encendidos. Debía pasarlos o moriría a causa del fuego. Corrí con todas mis fuerzas y salte por encima de los bambúes. Aterrizar en tierra no fue tan doloroso como la sensación de quemadura en mi vientre. Tomé tierra y la esparcí en mi abdomen para seguir corriendo.

Vislumbré el estanque, así como las llamas que se encontraban alrededor de él. Los bambúes amenazaban con caer y detener mi avance al estanque. Sentía las llamas deseando mi piel. El aire no me alcanzaba más.

Junte fuerzas al pensar en ella y en la esperanza de que aún se encontrara con vida e hice una carrera que me dejó sin aire, para caer en el estanque y sumergirme justo a tiempo para evitar la brasa de bambúes que cayó sobre mí.

Salí a respirar, pero en el aire, aún se sentía el fuego que consumía todo a mi alrededor. Me detuve para observar el resultado de aquél ritual. Las llamas no podían esparcirse debido a los promontorios de tierra húmeda dispuestos alrededor y dentro del agua, sólo otro participante se encontraba con vida al igual que yo.

Era un muchacho de unos veinticinco años, que observaba asustado el espectáculo. En cuanto me vio, sonrío. Sin embargo, la tribuna comenzó a gritar “Mátale”.

El joven tuvo una duda en la mirada y apretó su kris en la mano derecha… sin más, se abalanzó sobre mí con su arma dispuesta a atravesar mi pecho.

Estaba tan exhausto como para pelear con ese muchacho, pero no moriría ahí, antes, debía buscarla.

Resistí al embate del muchacho, arrojándolo lejos de mí. Me levanté y medí a mi oponente: un muchacho cuyo delgado cuerpo parecía resistente y ágil. El agua me llegaba a medio muslo, así que eso ejercería una resistencia a mis movimientos. Sostuve el kris y me lancé en contra de él.

Rodamos en el agua hasta levantarnos. Cruzamos los kris recibiendo heridas leves en brazos y pecho. El aire me faltaba cada vez más. En un movimiento desesperado crucé un golpe hiriendo su pierna derecha, lo suficiente para que ya no pudiera levantarse.

Tomé al muchacho del cabello y con un “perdóname” clavé mi kris en su pecho a la altura del corazón.

Grité con toda la fuerza que me quedaba y me desvanecí.

Al despertar, reconocí una habitación del palacio de Manu… tenía esperanza de continuar mi búsqueda, tras experimentar lo que era ese ritual para obtener mi libertad.

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