ENTRE MIS MONSTRUOS

La casa era inmensa y en cada habitación vivía un fantasma al que cuidar.

Había de todas las clases y colores que se pudieran imaginar. Desde niñas tiernas que jugaban con pelotas asustando con las risas que dejaban escapar entre las paredes o viudas amargadas que tenían sed de sangre por los maltratos recibidos por sus esposos.

Mis padres me habían heredado esa casona y por tanto, la responsabilidad de estar al pendiente de cada fantasma. Todos los días me iba tempranito a visitar cada habitación y ver que tuvieran lo necesario para vivir en su inmortalidad.

Algunos fantasmas eran tan amables que me recibían con regalos como lagartijas y arañas o joyas brillantes de un pasado que ya no recordaban. Sin embargo, las últimas habitaciones de la casa, eran cosa diferente… si no me cuidaba, terminaría perdiendo la cabeza.

Temblaba tan sólo con pensar en ir allá.

La viuda roja ya me había hecho caer y a pocos centímetros estuve de hacerlo sobre una hoz. En otra ocasión, me había ofrecido té que contenía cianuro y si no era porque lo tiré, ya estaría en el otro mundo.

Esta vez, ¡fue aún peor! La viuda roja me recibió con puñal en mano, así que no tuve más remedio que salir corriendo de su habitación.

Ya no podía más. Necesitaba descanso y esa casa no era lo ideal para hacerlo.

Tras poner un anuncio solicitando ayuda, entrevisté a cuanto cándido mozo se presentara ante la puerta de la casa. Ninguno duraba más de un minuto allí al enseñarle lo que tendría que hacer cada mañana. Todos salían despavoridos tras confirmar de que no estaba loca y que en verdad había que cuidar a unos fantasmas.

Poco a poco me fui cansando. Quería viajar y ver el mundo para descansar un poco de todo eso. Así que sin más, hice una junta con esos fantasmas, informándoles mi decisión de partir, por lo que tendrían que ocuparse de ellos solos y tratar de satisfacer sus horribles formas de espantarme o tratar de matarme, como pudieran.

Así que hice mis maletas para partir.

Al llegar el día de mi despedida ninguno de los fantasmas salió a despedirme, por lo que en silencio partí, sin saber, que en mis maletas no sólo llevaba mis cosas, sino a todos los fantasmas que quisieron acompañarme, apretujados unos con otros.

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