CUAL CARBÓN

Había muerto hace unos días. No importa cómo ni porqué, simplemente había muerto. Había dejado mi cuerpo de joven casanova en algún lugar que no recordaba, aunque sabía que podría utilizarlo de nueva cuenta si así lo quería, por lo que me dediqué a vagar por la ciudad para observar a mis amigos.

Encontré en Ricardo la distracción perfecta. Luisa, su novia, era una cosita extravagante por su seriedad y discreción extrema, aunque ser la novia de alguien como Ricardo, le garantizaba pasar de su absoluto desconocimiento a ser una joven observada por la alta sociedad de nuestra ciudad.

Para desgracia de Luisa, Ricardo era perseguido por Amelia.

¡Ah! La dulce Amelia, cualquiera diría que era una rosa fragante y delicada… pero rosa al fin, capaz de dañar con sus cardos a quien se acercara, y si se acercaba Luisa, era obvio que terminaría con espinas hasta en su alma.

Así fue que llegué justo a tiempo cuando la dulce Amelia se confabulaba con mi entrañable pero nada malicioso amigo, Aleksei para sorprender a Luisa y desaparecerla de la vista de Ricardo.

Escuché todo su maléfico plan de gitana para deshacerse de la pequeña Luisa. Todo, hasta en los más minúsculos detalles de cómo enterrarían su cuerpo en las afueras de la ciudad bajo un bello sicomoro que domina la vista al valle próximo.

Luisa… creo que no había en el planeta alguien más confiado que ella.

Cuando recibió el mensaje de Amelia donde le decía que deseaba hablar con ella para pedirle disculpas, salió inmediatamente al encuentro, aunque para su fortuna, en su trayecto a la casa de Amelia, encontró a Ricardo, quién se ofreció a acompañarla.

Par de tontos, diría yo.

Pude observar cómo la bella Amelia los recibió con cierto sobresalto, dado que no esperaba la presencia de Ricardo también, pero eso no le haría cambiar sus planes. Disolvió un polvillo en el té que le ofreció inmediatamente a Luisa… la única taza de té que serviría esa tarde.

Con una mueca de triunfo en los labios observó como Luisa tomó todo el contenido de aquella taza de té, mientras decía en un discurso previamente ensayado que no volvería a entrometerse en la relación de ambos.

Ricardo estaba encantado con la sinceridad que parecía fluir de la boca de Amelia, así que no notó como iba cambiando el semblante de Luisa y tampoco notó cómo Aleksei se acercaba lentamente a ellos por su espalda, llevando una cuerda en las manos con la cual, asfixiar a Luisa.

Al sentir la cuerda alrededor de su cuello, Luisa intentó hacerse con un poco de oxígeno sujetándola para evitar que siguiera cortándole la respiración. Por su parte, Amelia, sujetó a Ricardo para que evitara distraer a Aleksei de su acción.

No lograba entender, como aquélla jovencita era capaz de someter a un hombre de esa forma. Tenía una fuerza tal, que hacía que Aleksei estuviera lejos del alcance de Ricardo y así éste pudiera continuar su labor.

Así, me vi obligado a intervenir. Desconozco cómo fue que volví a sentir mi cuerpo, ni cómo fue que destrocé la ventana para poder separar a Aleksei de una Luisa que estaba a punto de perder el conocimiento. El hecho es que, lo hice.

Al verme, Amelia soltó a Ricardo y me observó profundamente al rostro. Nos reconocimos. Entendí entonces aquella fuerza que no había mostrado antes. Ella era como yo.

Aleksei intentó de golpearme, sin embargo, el más golpeado fue él y tras ser cobijado por Amelia, ésta intentó volver a la carga, mas ahora, en contra mía.

Grité a Ricardo y Luisa que salieran de la casa y que no se detuvieran hasta estar lejos de esa mujer.

Tras sujetar con fuerza a Amelia y tratar que evitara a toda costa volver a herir a ese par de enamorados, fue que observé en sus ojos esa plena certeza de que nos sabíamos identificados.

Sonreí con ligero sarcasmo, pues supe que parte de lo que quería Amelia, ya lo había cumplido.

Salí con cierta inquietud de aquélla casa, pues ahora, el destinatario de la rabia de Amelia sería Aleksei.

Ver la luz del sol que comenzaba a caer en el horizonte fue un acontecimiento extraño para mí. No era normal tras mi experiencia, sentir el aire que entraba a mis pulmones y escuchar mi propia respiración.

Conforme me acercaba a la plaza principal de la ciudad, observé una multitud que se arremolinaba alrededor de Ricardo y Luisa. Los cuchicheos eran mordaces. Pero Ricardo parecía no atenderlos ni entenderlos tras lo que había pasado.

Y yo me divertía con los murmullos de sorpresa al verme caminando hacia la pareja.

-¿Troy?- decían -¡Es Troy!

Llegué frente a la pareja cuando un fotógrafo con su estridente flash les tomaba una fotografía y de súbito, se observaba el rostro deformado de Luisa.

Sus ojos parecían pequeñas canicas envueltas en bolsas prominentes que caían sobre sus mejillas y sobre su delicado labio superior había brotado un bigote negro cual carbón.

Las risas, bromas y agresiones no se hicieron esperar, así que Ricardo, al ver la cara de Luisa intentó cubrir su rostro con el saco que se había quitado para tratar de alejarla de la plaza y resguardarla lejos de todas las miradas.

Sonríe y voltee la mirada en dirección a la casa de Amelia.

-¡Pequeña latosa!- dije con ligero sarcasmo en tanto entendía que no sería la primera vez que haría de las suyas.

Lancé un beso al viento para que llegara a Amelia y me fui tras mis amigos.

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