LUNA DE CAPRICORNIO

PRIMER RECUERDO

Fumé mi cigarro. Las espirales del humo subían tranquilas al techo donde se perdían. En la cama vacía todavía quedaban los restos de la humedad que compartimos unas horas antes de que ella huyera sin decirme siquiera su nombre. No fue un encuentro casual, pero tampoco planeado.

Ella misma me había hecho notarla entre las bellas mujeres que estaban a su alrededor.

Hablarle fue comenzar a hervir mi sangre y querer meterme bajo su falda.

Tomé los vasos con restos de whisky y los llevé a la cocina desde donde la luz de la Luna me distrajo un momento para perderme en su lozana sonrisa de cuarto menguante.

Había sido perfecta dentro de su imperfección. Entregándose hasta saciar mi sed y provocarla de nuevo, una y otra vez.

De tanto llenarme de ella, me había vaciado yo mismo.

Y ahora escapaba. Yo mismo había querido alejarla al primer instante de tocarla pues su piel… me asfixiaba.

Sin saber cómo, ni porqué, quería herirla, quería verla llorar entre mis manos y escuchar gritos ahogados de su boca, pero al irse ella me hería mucho más de lo que yo pude haberlo hecho.

Y ahora, me dejaba un cuarto vacío, donde los fantasmas de otras mujeres que habían desfilado por mis manos, comenzaban a rondar.

Sentía el punzante dolor del recuerdo feliz al cual querer escapar… ella me había provocado eso.

Un pequeña herida que, sin quererlo yo, había tocado el corazón.

SEGUNDO RECUERDO

Volví a verla. Se escondió entre la luz del Sol de Invierno para acercarse a mí de nueva cuenta. No se acercó sigilosamente como lo haría cualquiera de mis bellas compañías, sino que pasó aplastando cuanto obstáculo encontró a su paso. Había sido tan delicada como un tigre con su presa.

Me sonreía y volvía a hervirme la sangre. La cicatriz en mi pecho me molestaba, pero me entregué de nueva cuenta a ella otra vez.

Ahora, las sombras en mi habitación me recordaban su silueta, como si me acechara para darme un zarpazo.

Aún así, no dudé en entregarme a lo que mi cuerpo y esa cicatriz me pedían: ELLA.

Ordené mi cuarto lo mejor que pude. Mis visitas femeninas no debían ver los destrozos que ella causó en esta ocasión que la había amado. Besé su sombra y ella, me besó algo más, dejándome preso de su aroma y el sabor de su mar.

Y ahora, me emborrachaba con la amargura de tener que pelearme con su recuerdo y las compañías a mi alrededor. ¿Por qué no era sencillo tenerla?

TERCER RECUERDO

Ahora tenía su nombre pero un gran golpe en el corazón. No pudo mantenerse quieta y tenía que clavarse en él.

No era ya su cuerpo el que se me enredaba en el pensamiento, era esa forma de quemar todo a su paso lo que me hacía quererla para mí, aunque me quemara.

Me ahogaba y no resistía tenerla cerca, pero quería más de ella, cada vez más. La descubrí a lo lejos y así me quedé observándola en todo lo que hacía. Traté de sentir lo que en la piel de ella sentía, hasta llegar a sus pensamientos. La conozco tan bien, quizá tanto como a mí, pero, irónicamente, ni siquiera a mí mismo me conocía.

Esta vez, ella encontró la forma de apoderarse de una parte de mi ser. Se detuvo un poco en su habitual paso veloz y desordenado para buscar una rendija por donde meterse.

Siempre estaba ahí… siempre. Y con esa estancia había provocado la incomodidad en el ambiente que me rodeaba. Quisiera contenerla, pero al hacerlo, impido que sea ella y deseo lo sea, tal cual es.

CUARTO RECUERDO

¿Por qué no pudo aclararse y esperar? Tenía que ser todo como ella quería: controlar hasta el más insignificante hecho. No la quería cerca de mí y sin embargo, la observaba.

Había bebido tanto de otros labios y quería seguir haciéndolo… pero los de ella…

Me enervaba cuando la pensaba…

La veía construir y destruir una y otra vez en cada maldito pensamiento que surgía de su cabecita. Si ella entendiera que a veces es necesaria la paz, podríamos estar cerca, pero quiere todo para ella, más y más cada vez. Cree que no exige, pero pide de mí más de lo que puedo dar, incluso si no estoy cerca de ella.

Se enamora, juega, ríe, vuelve a llorar y no está satisfecha.

La quiero cerca, pero también, a kilómetros de distancia.

Esta noche la vi en la mesa de costumbre, con la vieja copa en la mano y sonriendo a la nostalgia de algo que no lograba entender. Noté un suspiro en sus labios trémulos y una pequeña lágrima que ni siquiera permitió rodar sobre su mejilla. Quería abrazarla y protegerla en mi pecho. Pero los ojos que me miraban de reojo me lo impedían y a pesar de ello… la distancia me mantenía en mediana paz.

El sol me borraría su recuerdo de esta noche, lo sabía; más, no contaba que me miraría de nueva cuenta y con una bella sonrisa me llevaría a su habitación para poseerla otra vez.

Me sostuve a su pecho para hacerla mía y ella se convirtió en el fuego maduro que me quemaba al contacto y en una extraña lluvia que me hacía quererla. Era feliz sosteniendo su mano ente la mía aunque fuera sólo una noche.

Amé sus ojos sobre los míos y su boca que me besaba cada centímetro de la piel…

Era una pequeña paz y el tormento exiguo de mis pensamientos.

Quisiera adormecerla entre mis brazos y así entenderla, pero al entenderla, la amaría.

El amanecer entre sus brazos me llenó de tibieza la habitación. Era un pequeño sol que iluminaba la estancia, deambulando entre mis cosas y observándolas a contraluz.

Si pudiera estar quieta… si pudiera simplemente dejarse hacer, la tomaría entre mi alma para adorarla una y otra vez, pero era demasiada carga para mí… demasiados destrozos los que sufriría por ella.

No podía dejarla conmigo… no podía…

En silencio y fumando mi cigarrillo la observaba deambulando en mi casa. Era como una niña jugando… caprichosa y voluntariosa, pero una mujer la envolvía… una mujer que armaba y destrozaba todo.

Cerré los ojos y me resigné a abandonar mi corazón de la forma en que ella no pudiera tocarlo. Le haría daño, pero sería el necesario para protegerme. La odié tanto como la amaba… la odié y amé tanto como a mí mismo y sin embargo, quité de en medio mi corazón para que ella no lo pisoteara al salir.

QUINTO RECUERDO

No quiero tocarla y sin embargo, lo deseo. No quiero mirarla, más, lo hago. Juego con su voz a la distancia mientras la observo llorar por mí, pero yo, callo.

Noches seguidas la observé llorando por mi recuerdo. Y yo… quisiera besarla

Pero en el suplicio de mi lejanía… buscaría a alguien más a quien amar…

No sé si eso era amor, y si lo era, lo negaré, porque el amor es algo perfecto que nadie entenderá, que nadie me brindará, y sólo a la luz de la Luna se tiene bajo el hipnotizante paisaje de mi soledad.

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