LAS PUERTAS

Crucé la estancia y a mi espalda sentí la brisa helada del exterior. La puerta principal que acababa de cerrar estaba abierta de nueva cuenta. Me acerqué sin dilación para cerrarla, dudando sobre si lo había hecho correctamente.

De la misma forma cerré cada puerta por la que me acercaba, para subir por las escaleras.

En el rellano, escuché como lentamente se volvían a abrir las puertas. Giré y observé aquéllas tres puertas que acababa de cerrar nuevamente abiertas. Quizá ya era tan torpe como cerrar bien una puerta o tal vez al estar perdida en mis pensamientos no me daba cuenta en realidad de lo que hacía.

Suspiré y preferí dirigirme a la planta superior para conciliar el sueño. Ahí, fiel a mi costumbre, cerré la puerta del tocador y de la recámara contigua que también se encontraba abierta para después, continuar a la habitación.

Llegué a mi puerta y escuché claramente cómo las puertas de aquéllas dos habitaciones se volvían a abrir. Regresé a la recámara previa y tomé la perilla para cerrar la puerta, pero al hacerlo, sentí un extraño escalofrío que recorría mi espalda. Intenté cerrar la puerta pero cuando estuve a punto de hacerlo, ésta fue separada de mi mano con violencia y ahí estaba la oscuridad reinando frente a mi.

No pensé en cruzar el umbral pues la acción de la puerta, sin duda no era normal. Así que a toda prisa me dirigí a mi habitación para encerrarme ahí. Respiré profundamente mientras me acomodaba en la cama. Sin duda aquéllo era mi imaginación que me jugaba una mala pasada.

Mis ojos se cerraban por el sueño, cuando escuché como si todas las puertas de la casa se hubieran cerrado de golpe. Me senté en la oscuridad, ante la puerta abierta de mi habitación. Encendí la lámpara de la mesita de noche y me aventuré al pasillo. Las puertas de la habitación contigua y del tocador seguían abiertas. Bajé por las escaleras y encontré las puertas tal y como las había dejado.

Para tratar de quitarme el nerviosismo, tomé la perilla de la puerta que daba a la biblioteca para cerrarla, pero apenas la cerré y le di la espalda, ésta se abrió de par en par. Entonces el estruendo de unas pesadas pisadas recorrió la planta alta.

No pude mover mis pies. ¿Qué sucedía? Mi pensamiento recorrió los cuentos de terror que mi abuela me contaba, más para tratar de calmar mi temor, recordé que eran sólo cuentos. Así tomé una decisión: si las puertas querían seguir abiertas, se quedarían de esa forma hasta la mañana siguiente. Por lo que volví a mi habitación donde el sopor finalmente me llevó a un sueño pesado pero intranquilo.

La calma mañana me dio la bienvenida, así que sin más, partí al trabajo. Al regresar a casa, mi rutina me obligó a cerrar de nueva cuenta cada puerta. Más, al detenerme frente a la puerta que llevaba a la oscura biblioteca, dudé. Respiré profundamente y la perilla tomé para lentamente cerrar la puerta.

Estaba a punto de cerrarla totalmente cuando sentí una mano helada en mi hombro, mientras en mi oído una voz femenina susurraba mi nombre. Escuchaba a mi corazón a punto de estallar y ese escalofrío en la espalda me congeló.

Las puertas comenzaron a abrirse y a azotarse sin parar mientras esa mano se aferraba a mi hombro con fuerza obligándome a caminar.

Sabía quién era y qué quería… Y no me podría resistir, pero mis pies no me respondían y el frío aliento que se encontraba tras mi cuello me hacía temblar aún más…

Aquí está… Finalmente llegó…

 

 

 

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